jueves

LA MUERTE LLEGA ARRASTRANDOSE

 

La muerte llega arrastrándose (Hai sbagliato... dovevi uccidermi subito!)
1972
España/Italia
Director: Mario Bianchi
Reparto: Robert Woods, Frank Brana, Ivano Staccioli, Nieves Navarro, Ernesto Colli, Carl Gaddi, Saturno Cerra, Rafael Albaicín, Tino Brana, Enrico Canestrini, Omero Capanna, Francesco D'Adda, Vittorio Fanfoni, Irio Fantini, Miguel Guzman, Jose Luis Lizalde, Maria Dolores Tovar, Ernesto Vanes, Filippo Marcelli, Ottorino Polentini
Guión:  Mario Bianchi, Paolo Bianchi, Luis G. de Blain
Fotografía: Rafael Pacheco
Música: Carlo Savina


Coproducción italo-española de 1972 rodada entre Madrid (Aldea del Fresno, Colmenar Viejo) y Toledo (Seseña) que supuso uno de los primeros trabajos como director de Mario Bianchi, hijo del también director Roberto Bianchi Montero (“Oklahoma Jones”, “Le due facce del dollaro”, “Yo los mato, tú cobras la recompensa”) y con amplia experiencia como ayudante de dirección tanto al lado de su padre como con realizadores de la talla de Mario Bava (“Cinco muñecas para la luna de agosto”, “Un hacha para la luna de miel”) que, tras una primera etapa en la que mostró su interés por el western con títulos como las intrascendentes y ya comentadas en este blog “La máscara de cuero” (realizada en 1971 pero estrenada en 1975) y “Mano rápida” (1973), se inclinó, bajo los seudónimos de Martin White, Nicolas Moore o Tony Yanker, por el cine erótico, cuando no pornográfico, destacando la serie de películas realizadas con la actriz sueca Marina Hedman en la que figuraba el nombre de la protagonista en los títulos de crédito como reclamo, lo que da idea de su popularidad en el ámbito del cine para adultos.

SINOPSIS: Jonathan Pinkerton, un inspector de seguros británico contratado por la agencia Lloyds de Londres, se dirige al pueblo de Yellowstone para averiguar la verdad sobre un robo de un banco cometido dos años antes y descubrir el paradero del cajero desaparecido en el mismo, con el objeto de probar su participación en el robo con lo que ahorraría a su compañía el desembolso de un millón de dólares en indemnizaciones.

Western en el que Mario Bianchi en su doble faceta como director y guionista, y como ya había hecho en la inferior “La máscara de cuero”, intentó fusionar dos géneros, en principio tan alejados, como el spaghetti, que se encontraba en plena decadencia a principios de esta década, y el giallo, cine de suspense caracterizado por sus violentas y cuidadas escenas de crímenes en pleno apogeo en el momento de rodar este filme, de tal forma que no sé si se puede hablar de un western “giallificado” o de un giallo ambientado en el far-west. Incluso su título en español remite a otros giallos rodados entre 1971 y 1972 como “La muerte camina con tacón alto” y “La muerte acaricia a medianoche” ambas dirigidas por Luciano Ercoli e interpretadas por su mujer Nieves Navarro, coprotagonista del filme que nos ocupa y cuya presencia no se me antoja casual, ya que además de aparecer en los giallos citados fue una actriz habitual a principios de los setenta en este tipo de producciones.

Aunque el spaghetti cuenta con un guión más elaborado y la película está más cuidada formalmente que los otros dos westerns rodados por Bianchi no me ha terminado de convencer, y es una lástima porque cuenta con un interesante y prometedor comienzo en el que, durante aproximadamente diez minutos y en tres secuencias sucesivas prácticamente mudas (tan sólo se escucha una conversación de fondo totalmente trivial en el saloon), asistimos a la llegada a un pueblo de un sospechoso individuo, al atraco al banco por éste y otros dos socios (uno le esperaba en el saloon y el otro permanecerá escondido tras una ventana desde donde matará al director del banco) que se salda con la muerte de todos los presentes en el establecimiento, y al asesinato de dos de los ladrones por el tercer hombre que se escondió en la ventana para lo que utiliza unas serpientes venenosas (de ahí el título de la película); un tercer hombre al que el director se esfuerza, sin conseguirlo si nos fijamos bien, en no mostrar su rostro con objeto de mantener la incertidumbre sobre su identidad.

Pero una vez que arranca la película con los títulos de crédito y aparece el protagonista el largometraje se estanca en una sucesión de anodinas escenas, carentes del misterio y suspense que creo requería el filme, que no hacen avanzar la acción y, mucho menos, la investigación del agente de Pinkerton; por lo que el spaghetti se reduce a un vagar de Jonathan por el pueblo (escenario que, como en los giallos, se muestra amenazante para nuestro héroe) mientras se suceden las típicas peleas, algunas de ellas con un carácter cómico cuyo tono no corresponde con el de la película por lo que, supongo, se trata de una concesión a la corriente imperante en el western europeo tras el éxito de las dos entregas de Trinidad, y los intentos de asesinato de Jonathan; al mismo tiempo que éste comienza a sospechar de una serie de individuos (un heterodoxo sheriff, un científico algo extravagante que trabaja con serpientes, un ganadero arruinado cuya marca es la misma que se encontró en un caballo abandonado tras el robo y el dueño del saloon que añora su época como tahúr en un barco del Misisipi). Además de colocar los guionistas alguna que otra trampa a lo largo del metraje para despistar al espectador en relación con la verdadera identidad del asesino, e incluso inventarse resurrecciones un tanto inverosímiles.

La banda sonora fue encargada al veterano y prolífico Carlo Savina que, a mi parecer, en esta ocasión naufraga totalmente no por la calidad de la misma sino porque los distintos temas parecen totalmente descontextualizados y son utilizados sin el mínimo rigor cinematográfico. Así el tema principal, que suena junto con los títulos de crédito, se asemeja a las canciones pop de la época y algunas de sus estrofas, incluso, recuerdan a los típicas que se podían escuchar en concursos como Eurovisión; mientras que el que se escucha en la persecución final, escena que prácticamente está calcada por Bianchi de la ya mencionada “La máscara de cuero”, con influencia jazzística y protagonismo de un órgano no corresponde con las imágenes que estamos viendo. Tan sólo uno que recuerda a los temas circenses está bien utilizado al aparecer en una de las peleas de corte cómico.

Por lo que respecta a los actores nos encontramos con un desubicado Robert Woods en el papel del británico Pinkerton, un personaje flemático (no eleva la voz, mantiene siempre la tranquilidad), educado, elegantemente vestido, de buenos modales y al que le gusta el té; es decir un conjunto de tópicos basados en su supuesta nacionalidad, que, a mitad de la película, nos dará una sorpresa sobre su verdadera identidad. En todo caso, y no sé si influyó la ridícula peluca que le hicieron llevar, no se le ve en ningún momento cómodo con su personaje y su rendimiento es muy inferior al de sus mejores composiciones en este género. Junto a él, el cupo español está representado por Nieves Navarro y Frank Braña. La primera, bajo su seudónimo habitual de Susan Scott, a pesar de que aparece en los títulos de crédito como coprotagonista tiene un papel bastante corto e intranscendente como la típica mujer fatal casada con el dueño del saloon a la vez que se ve en secreto con el ganadero; por lo que su presencia, como señalé anteriormente, parece obedecer a la idea de reforzar el intento de fusión de ambos géneros en los que la actriz almeriense tuvo una presencia muy destacada. Por su parte Frank Braña se muestra, como en él era habitual, bastante sólido en el papel del violento sheriff (al principio de la película se le ve asesinar a un individuo desarmado al que había convencido para que se entregase) que tiene varios secretos por guardar; además su interpretación se ve beneficiada por el estupendo doblaje de Felipe Peña, voz habitual, entre otros grandes actores, de John Wayne. El resto de sospechosos está interpretado por rostros habituales tanto del spaghetti como es el caso de Ivano Staccioli dando vida a Clinton, el ganadero arruinado y Carlo Gaddi como Karl, el dueño del saloon; como del giallo y el poliziesco en el caso de Ernesto Colli (“Milán calibre 9”, “Torso”) que interpreta al científico con pasión por las serpientes.  (TEXTO SW)

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