sábado

EL VALLE DE LA MUERTE


El Valle de la Muerte (Mannaja)
1977
Italia
Director: Sergio Martino
Música Guido & Maurizio De Angelis
Fotografía Federico Zanni
Guión: Sergio Martino

REPARTO:
Maurizio Merli, John Steiner, Enzo Fiermonte, Donald O´Brien, Sonja Jeannine, Salvatore Puntillo, Nino Casale, Enzo Fiermonte.

SINOPSIS: Un cazador de recompensas llamado Mannaja tras atrapar a un forajido, Cravern, llega a Suttonville, un pueblo insalubre y carente de ley, con la intención de cobrar su recompensa. Pronto tendrá un enfrentamiento con Voller, el temible lugarteniente del cacique del lugar Edward McGowan, con el que, además, tiene una cuenta pendiente.

Spaghetti tardío, su año de producción es de 1977, y, junto a otros realizados a mediados de los setenta como “Los cuatro del apocalipsis”, “Keoma” o “California”, de carácter marcadamente crepuscular que supuso una cierta reacción a la corriente humorística dominante durante esta década en los westerns hechos en Europa que, como ya expusieron Sergio Leone y Tonino Valerii en la recomendable “Mi nombre es ninguno”, terminó por aniquilar a este subgénero.

La película, también conocida por el nombre de “Mannaja”, contó con la solvente producción de Luciano Martino, mientras que detrás la cámara, como era habitual y tras su primera experiencia en el western con la olvidable salvo por su parte final “Arizona vuelve” (spaghetti que cuenta con su oportuna reseña), se situó su hermano Sergio Martino, para mi gusto uno de los grandes directores italianos de cine de género que brilló en la primera mitad de la década de los setenta especialmente en el giallo con cinco títulos indispensables para todo buen aficionado al mismo como “La perversa señora Ward” (1971), “Todos los colores de la oscuridad” (1972) y “”Vicios prohibidos” (1972) todos ellos protagonizados por la actriz nacida en Argelia Edwige Fenech quien estuvo acompañada en los dos primeros por George Hilton, protagonista además de “La cola del escorpión” (1971); cerrando su aportación a este subgénero con, para mí, su mejor giallo “Torso” (1973). También fue notable su aportación al poliziesco con “Milán tiembla, la policía pide justicia” (1973); pero desde finales de esta década su filmografía creo que es mucho menos atractiva con títulos como “La montaña del dios caníbal” (1978) encuadrada dentro del controvertido género de caníbales de moda en esa época y cuyo máximo exponente quizás sea “Holocausto caníbal” (Ruggero Deodato, 1980), con largometrajes que explotaban descaradamente el éxito obtenido por otros como es el caso de “Caimán” (1979) respecto al tiburón de Spielberg, y “2019, tras la caída de Nueva York” (1983) en relación con la maravillosa “1997: Rescate en Nueva York” (John Carpenter, 1981) o con intranscendentes comedias al servicio de la citada Fenech, con quien mantiene una gran amistad.

Filme que vuelve a tratar temas típicos del western hecho en Europa como la venganza, la codicia y la traición, representadas las dos últimas sobre todo por el triángulo formado por Voller, McGowan y su hija, a los que agrega otros propios de la época en la que se realizó, como la crítica al capitalismo representado en su faceta más salvaje por McGowan, el propietario de la mina de plata que trata a sus trabajadores como si fueran esclavos o el ecologismo que comenzaba a convertirse en un movimiento importante tras la Conferencia de Estocolomo (1972). Así mediante una serie de flasbacks nos enteraremos de que en el lugar en donde se encuentra emplazada la mina, causante con sus emanaciones del deterioro ambiental, se encontraba un bosque propiedad del padre de Mannaja que McGowan no dudo, con su desmedida ambición, en destruir; mientras que en otra escena el protagonista le espeta al cacique: “Convertiste esto en un lugar infectado de hombres desesperados”. El mensaje, por tanto, es claro: el progreso desmedido conlleva a la destrucción de la naturaleza y con ello al deterioro de la vida de los hombres.

La película, por otra parte, es claramente deudora de “Keoma”, largometraje de gran éxito realizado un año antes. Así desde el punto de vista estético nos encontramos con un pueblo deteriorado, en este caso por la contaminación de la mina, con paisajes encharcados y neblinosos que dan al conjunto una sensación de irrealidad, aunque en este caso el director señaló en una entrevista que tuvieron que acudir a este recurso para que no se notara demasiado el deterioro real de los decorados de los estudios Elios, o el vestuario de reminiscencias hippies de algunos de los personajes. Desde el punto de vista temático con la llegada del protagonista, un hombre errante, a un pueblo degradado y cuyos habitantes están sometidos por el cacique del lugar (en el caso de “Keoma” utiliza la peste y el control de los medicamentos, mientras que en ésta su medio de dominación los constituye la mina de plata) o la tortura que sufrirá el antihéroe con anterioridad a poner fin a los desmanes cometidos por el cacique. Incluso hay escenas que remiten al filme dirigido por Castellari como la pelea en la que el protagonista termina literalmente rebozado en el barro que claramente recuerda a la que mantenía el personaje interpretado por Franco Nero con sus tres hermanos y el tiroteo desarrollado en el pueblo en el que Mannaja se protege entre dos caballos. Y a todo ello hay que añadir el principal tema musical compuesto también por Guido y Maurizio De Angelis e interpretado por un tal Dandylion, muy similar tanto musicalmente como en el empleo de la voz al compuesto para “Keoma”, que, además, se utiliza con la misma finalidad dramática, aunque en este caso su repetición es menos frecuente. Además también se puede apreciar la huella de otros spaghettis como la ya citada “Los cuatro del apocalipsis” (spaghetti ya comentado) en la visión, no ya desesperanzada, sino auténticamente apocalíptica del salvaje Oeste que se presenta como un mundo en declive en el que los personajes que lo pueblan, tanto los poderosos (McGowan o Voller) como aquellos que tan sólo pretenden sobrevivir bajo la dominación de los anteriores (los mineros o la troupe de bailarinas), carecen de futuro y consecuentemente tendrán el mismo fin; o la estupenda y también comentada en este blog “Como lobos sedientos”, largometraje producido por Luciano Martino y en la que además intervino Sergio Martino, de la que “se toma prestada” la forma de torturar al antihéroe. Mientras que la sombra de “Django” también planea a lo largo de la película.

A esta falta de originalidad hay que añadir un guión, obra del propio director junto con Sauro Scavolini (autor con bastante experiencia en este género al haber intervenido en siete spaghettis, incluido el citado “Como lobos sedientos”) bastante dubitativo en la primera parte, con escenas que suceden con escasa ilación, de tal forma que no tienes muy claro el argumento de la película; o con personajes que aparecen, desaparecen y actúan a capricho de los autores del libreto, lo que da lugar a situaciones inverosímiles como el plan de Voller respecto a McGowan (¿No hubiera sido más fácil acabar con él?), a indefiniciones (no me quedó claro si el protagonista regresa al pueblo por casualidad o siguiendo un plan previsto) o a relaciones poco explicadas y un tanto artificiosas como la mantenida por Voller y la hija de McGowan. Además hay graves errores en el montaje de la escena del levantamiento de los mineros; así, vemos cómo estos se enfrentan a los hombres de McGowan en una batalla campal, cambia la escena para seguir los pasos de Mannaja y, a continuación, volvemos a ver a los mineros en formación como si no hubiera pasado nada para inmediatamente después iniciar la sangrienta revuelta, todo un despropósito.

Pero a pesar de estos fallos, sus indefiniciones y su falta de originalidad la película me ha gustado gracias, sobre todo, a la labor de Sergio Martino que no sólo dota al largometraje de un ritmo trepidante, sino que rueda magníficamente las distintas escenas de tiroteo y peleas, extraordinaria por su realismo la citada anteriormente en las calles embarradas del pueblo; y muestra su impronta visual en otras difícilmente olvidables como aquella con la que se inicia el spaghetti, más propia de un trhiller o una película de terror que de un western (de hecho me recordó a la secuencia del segundo asesinato en “Torso”), en la que vemos a un hombre correr por un paisaje encharcado y neblinoso mientras que otro a caballo, que se nos muestra a cámara lenta, le persigue blandiendo un hacha que terminará por arrojarle arrancándole la mano; la que se desarrolla en el interior de la cueva con un protagonista medio cegado; aquella en la que utiliza el montaje simultáneo para ver como son asesinados a cámara lenta los pasajeros de la diligencia, la sombra de Pekinpah es alargada, mientras bailan las chicas en el pueblo, consiguiendo un contraste brutal entre el dramatismo de la primera acción y el carácter lúdico y festivo de la segunda; o la que cierra el filme, también de atmósfera gótica, con el enfrentamiento entre Mannaja y Voller en la que la niebla vuelve a cobrar un gran protagonismo y en la que, al igual que en la escena con la que se abre la película o la de la cueva, la contribución de Federico Zanni como director de fotografía se me antoja fundamental.

Por lo que respecta a los actores, el protagonista, un silencioso y enigmático cazador de recompensas que se caracteriza por su hábil manejo del hacha, está interpretado, en su única aparición en este subgénero, por un inexpresivo Maurizio Merli, intérprete italiano prematuramente desaparecido que se hizo famoso en el género poliziesco, sobre todo con la trilogía sobre el comisario Berti: “Roma violenta” (1975), “Italia a mano armada” (1976) ambas dirigidas por Marino Girolami y “Nápoles violenta” (1976) de Umberto Lenzi; y al que, por lo que he leído, le pasaba con Franco Nero como a Joel McCrea con Gary Cooper, que en ocasiones le contrataban cuando no podían pagar los emolumentos superiores del segundo. Para compensar nos encontramos con un extraordinario John Steiner, una especie de versión canallesca de Peter O’Toole, que hace una gran composición como el desalmado, ambicioso y siniestro Voller y al que su físico (alto, enjuto y de mirada fría) le ayuda bastante. Personaje sibilino y amenazante que va acompañado de dos fieros dogos y suele vestir con una capa negra, elementos que remarcan su carácter. Donald O’Brien está muy acertado como el traicionero Cravern que cuenta, incluso, con su propio tema cantado en alusión a su traición, para mí bastante insoportable; mientras que Philippe Leroy despacha con solvencia a su personaje de McGowan, uno de los más complejos del filme caracterizado por su decadencia física símbolo del declive financiero de su imperio. Nos encontramos ante un falso moralista, inhumano y altivo, más preocupado por los pecados de la carne (el saloon se cerró por una orden suya y, posteriormente, impedirá a “las bailarinas” que se asienten en el pueblo) que por las condiciones de sus trabajadores, explotados en la mina como si fueran esclavos; de ahí que en un momento dado Mannaja le reproche que: “No se han cometido ni cometerán pecados más graves que los suyos, McGowan”. En cambio los principales personajes femeninos, interpretados por Sonja Jeannine, la hija de McGowan, y Martine Brochard, la bailarina enamorada de Mannaja, están muy poco desarrollados. Junto a ellos caras habituales como Nello Pazzafini, en su sempiterno papel de pistolero, o Rick Battaglia en el rol del padre de Mannaja.
Como dato curioso comentaros que la película fue prohibida en 1977 en Suecia, supongo que por su excesiva carga violenta.

En definitiva, un tardío, oscuro, violento, sangriento, despiadado y desesperanzado spaghetti crepuscular en el que brilla la labor de los hermanos Martino, y que, a pesar de su falta de originalidad y sus fallos, no defraudará a los aficionados al género. (TEXTO 800 SW)

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