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EL DEMONIO, LA CARNE Y EL PERDON


El demonio, la carne y el perdón (The Singer Not the Song)
1961
Inglaterra
Director: Roy Ward Baker
Guión: Nigel Balchin
Fotografía: Otto Heller
Música: Philip Green

Reparto:
Dirk Bogarde, John Mills, Mylene Demongeot, Laurence Naismith, John Bentley, Leslie French, Eric Pohlmann, Roger Delgado, Selma Vaz Dias, Serafina Di Leo, Jacqueline Evans, Nyall Florenz, Philip Gilbert, Lee Montague, Laurence Payne, Larry Taylor, Eileen Way, Marjorie Forsyth

Producción británica de 1961 dirigida por Roy Ward Baker, cineasta inglés recientemente fallecido (octubre de 2010) que ya contaba con varios éxitos como “Niebla en el alma” (thriller en el que Marilyn Monroe interpretó, en uno de sus primeros papeles como protagonista, a una niñera perturbada) o “La última noche del Titanic” (para muchos críticos la mejor película sobre esta tragedia, de la que James Cameron llegó a copiar tanto planos como secuencias enteras) y que a partir de finales de los sesenta se convertiría, junto a Terence Fisher y Val Guest, en uno de los directores emblemáticos de la Hammer con títulos como “¿Qué sucedió entonces?” (tercera entrega de las aventuras del profesor Quatermass), “Las amantes del vampiro” o “Las cicatrices de Drácula”.

En este sentido es curioso que dos de los primeros eurowesterns que se rodaron en el mismo año (éste y “Tierra brutal”) estuvieran filmados por profesionales no relacionados con el género y que desarrollaron gran parte de su carrera en la Hammer, productora británica especializada en films fantásticos y de terror.

El padre Michael Keogh, un sacerdote católico, llega a un pueblo olvidado de Méjico, Quantano, para sustituir al párroco del lugar, el envejecido padre Gómez. Pronto se dará cuenta de que los habitantes del pueblo viven aterrorizados por el bandido local, Anacleto Comachi, que no sólo ha establecido un sistema propio de la mafia por el cual los propietarios deben pagar un canon a cambio de gozar de su protección, sino que también ha prohibido el culto a la población del pueblo. El conflicto entre ambos estallará pronto y se verá agravado por la presencia de Locha de Cortinez, una joven y bella mejicana que se verá atraída por la personalidad del sacerdote y será utilizada por Anacleto para derrotar a éste.

Nos encontramos ante un atípico y extraño eurowestern tanto por el equipo que lo realizó, puesto que el director y sus dos principales protagonistas eran ajenos al género del western (creo que tan sólo John Mills apareció en otro, la interesante “Chuka” de Gordon Douglas) como por los temas que trata (la lucha entre el bien y el mal, la fidelidad a los principios), su complejidad y la forma de abordarlos. Así en una primera parte nos presenta a un padre Keogh, como representante de la Iglesia católica, sin mácula y cuasi perfecto (aunque alguna escena, como en la que tira del caballo a un bandido, muestre un carácter tendente a la violencia) que con sólo su tesón y la fuerza de de su fe se enfrentará al bandido local para acabar con la tiranía impuesta por éste, devolver la libertad a la población y restablecer el culto.

Por tanto, en esta primera parte, de corte tradicional, se nos presenta a la Iglesia católica con una doble misión: la de evangelizar y la de civilizar los territorios en donde se asienta, ya que frente a ella todo es caos y barbarie, máxime teniendo en cuenta que el poder civil, representado por una policía inoperante, es incapaz de garantizar la paz y seguridad a los ciudadanos. Pero la película en un momento determinado (la muerte del tío del bandido a manos de su propio sobrino para evitar que asesinara al sacerdote) da un giro inesperado ya que el padre Keogh y el bandido Anacleto (dos hombres inteligentes) se sentirán intelectualmente atraídos y comenzarán una lucha dialéctica para atraerse cada uno al otro a su bando. Esta situación la resume perfectamente Locha al comentar al sacerdote que Anacleto “Es un hombre malo, pero es un hombre. Y se necesita a otro hombre para enfrentarse a él”.

Además el sacerdote empezará a mostrar sus flaquezas e imperfecciones. Así no dudará, para evitar caer en la tentación, en presionar a Locha, que le había mostrado su amor, para que acepte un matrimonio de conveniencia que puede convertirla en una desgraciada; y al final traicionará sus principios y la palabra dada a Anacleto para poder vencerle, es decir en el momento decisivo para el padre Keogh el fin (acabar con la tiranía de Anacleto) justifica los medios empleados para hacerlo, aunque también hasta el último momento intentará redimirlo y ganar su alma.

Por último la situación se complica en cierta forma con la interpretación de Dirk Bogarde quien, obligado a aceptar el papel por su productora, introdujo de forma sutil, a través de las miradas y gestos dirigidos al sacerdote y con frases de doble sentido como la que da título al film en inglés al señalar que le inspira más el cantante (Keogh) que la canción (la religión), una carga homosexual a la película. Carga que se ve reforzada por la indumentaria del bandido que porta unos estrechísimos pantalones de cuero negro (al parecer también idea del actor) y por la escena final en la que se ve a ambos abrazados. Este elemento, transgresor para la época, convirtió al film en una cinta de culto en ciertos ambientes a pesar de que cuando se estreno fue un total fracaso, endeudando aún más a la Rank Organisation (la productora británica más poderosa durante al menos tres décadas del siglo XX), mientras que su director se refugió en la televisión durante varios años.

Por lo que respecta a la labor de Roy Baker creo que es bastante fría y no dota al film de la tensión y garra que el tema requería. De hecho también se vio obligado a dirigir la película a pesar de que había advertido que, al no ser católico, no entendía muy bien el drama interior del sacerdote por lo que recomendó a Luis Buñuel para que la filmara. Como aspectos positivos creo que hay que destacar la banda sonora compuesta por Philip Green de inspiración mejicana, la fotografía en tonos terrosos de Otto Heller y la labor de ambientación.

Respecto a los actores no me acabaron de convencer ninguno de los protagonistas. Así a John Mills creo que en algunos momentos se le ve bastante incómodo en el papel del padre Keogh y para mí no transmite del todo el conflicto interior del personaje. Dirk Bogarde, en un papel inicialmente pensado para Marlon Brando, pienso que no saca todo el partido a su fascinante personaje, un inteligente, brutal y cínico bandido y se pierde en una actuación un tanto afectada. Mientras que la elección de la francesa Mylène Demongeot para interpretar a Locha me parece un clamoroso error ya que físicamente, es rubia y con la piel muy blanca, no da el prototipo de mujer mejicana.

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