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BANDIDOS


Bandidos
1967
España/Italia
Director: Massimo Dallamano
Guión: Luis Laso, Juan Cobos, Romano Migliorini, Gianbattista Mussetto
Fotografía: Emilio Foriscot
Música: Egisto Macchi

Reparto:
Terry Jenkins, Enrico Maria Salerno, Venantino Venantini, Maria Martin, Fred Robsahm, Chris Huerta, Marco Guglielmi, Víctor Israel, Roberto Messina, Valentino Macchi, Antonio Pica, Arthur Chase, Jesus Puente, Massimo Scarchielli, Renzo Pevarello, Aysanoa Runachagua, Gino Barbacane, Giancarlo Sisti, Claudio Scarchilli, Luciano Pallocchia, Giancarlo Bastianoni, Juan Jose Milian, Franco Morici, Osiride Pevarello

Extraordinario spaghetti de 1967 en régimen de coproducción entre España e Italia y dirigido por Massimo Dallamano (director de fotografía de, entre otras, “Por un puñado de dólares” y “La muerte tenía un precio”) bajo el seudónimo de Max Dillman, que supuso su única y brillantísima aportación a este subgénero, ya que a partir de este año, y hasta su prematura muerte a mediados de los setenta, se especializó en dramas y, sobre todo, giallos como “¿Qué habéis hecho con Solange?” o “El medallón ensangrentado”.

Nos encontramos ante una gran historia, perfectamente desarrollada por un guión estupendo que carece de tiempos muertos escrito, entre otros, por Juan Cobos y una de las mejores labores de dirección que he visto hasta ahora en un spaghetti.

Como toda buena película nos relata temas universales, en este caso trasladados al oeste americano; así, no sólo nos cuenta la típica historia de una venganza tan propia de este subgénero sino también el dolor que produce la traición de los seres queridos o la necesaria rebelión del hijo contra el padre (aquí del discípulo contra el maestro) para poder afianzar su personalidad el primero y poder recorrer su propio camino.

El film cuenta con un grandísimo prólogo que marcará el devenir de los tres protagonistas. Un tren es asaltado por la banda de Billy Kane en colaboración con un grupo de forajidos mejicanos comandados por Vigonza. Del asalto sólo se salvarán dos pasajeros: un joven, Ricky Shot, que es arrojado del mismo y Richard Martin un feriante, antiguo maestro de Kane del que éste aprendió todo sobre el manejo del revólver y al que abandonó para dedicarse a la delincuencia, modo de vida más lucrativo. Kane, en recuerdo a los viejos tiempos y rompiendo una de sus máximas (”Dejar testigos es cosa de principiantes. Jamás lo hago”), le perdonará la vida, no sin antes dispararle a las manos en una gran secuencia con una fuerte carga simbólica que recuerda ligeramente a la protagonizada por James Stewart y Alex Nicol en “El hombre de Laramie”. A partir de ese momento Richard planeará acabar con Kane en una decisión en la que cobra tanta importancia el deseo de vengarse como el dolor por haber sido traicionado por aquel al que más quiso. La oportunidad le llegará al conocer a un joven, Shot, al que adiestrará en el manejo de las armas de fuego como lo hizo con Kane; lo que desconoce es que éste es el otro superviviente y tiene sus propios planes ya que le acusaron del asesinato de un pasajero que uno de los hombres de Kane cometió con su cuchillo. Traicionado por segunda vez, Richard tomará una decisión que será trágica.

Si el guión me ha parecido muy bueno por su dinamismo lo que, creo que, destaca sobre todo es el montaje (en la larga escena del robo del tren es prodigioso), y la labor de Emilio Foriscot (responsable también ese mismo año de “Dos cruces en Danger Pass” o “Cara a cara”) como director de fotografía y de Dallamano en la dirección, que huye de los clichés del spaghetti como los primerísimos planos de la miradas de los personajes que se alargan hasta la extenuación o el abuso del zoom (recurre a éste en contadísimas ocasiones y siempre de forma justificada) para ofrecernos toda una lección sobre el uso del travelling (maravilloso el inicial en el que se van viendo las víctimas del tren o el que precede al tiroteo final en el que sólo se ven las piernas de Kane mientras se desplaza), de la utilización de la cámara subjetiva (grandioso el inicio del enfrentamiento que sostienen en el salón Kane y Shot con los hombres de Vigonza), con secuencias perfectamente planificadas (extraordinario el enfrentamiento de Kane con uno de sus hombres que viene precedido con un precioso plano de una botella deslizándose por la barra) y planos de una gran originalidad (el del mejicano mirando a través del agujero de su sombrero o el del pistolero cuya imagen, al ser abatido, se ve reflejada en un cristal) y belleza, además de rodar de forma magistral las escenas de acción, sobre todo el tiroteo final y, como ya indique, el asalto al tren. Demostrando, así, que partiendo de los elementos propios de este subgénero se podía contar una buena historia de forma original.

A ello hay que añadir una gran banda sonora de temas variados compuesta por Egisto Machi que acentúa el tono amargo y melancólico de la película y una muy buena labor de ambientación a pesar de que no se dispuso de un gran presupuesto.

Y para redondear el film nos encontramos con unos estupendos actores que dan vida a unos personajes perfectamente perfilados. En primer lugar a un gran Enrico María Salerno capaz de transmitir en todo momento el sufrimiento (físico y moral), las ansias de venganza, la desesperación y la derrota (gran escena la del enfrentamiento con su ex discípulo) de su personaje, Richard; lástima que no se prodigara mucho en el género (creo que tan sólo apareció en cuatro spaghettis). Un estupendo Venantino Venantini (actor, que si no recuerdo mal, es la primera vez que veía) que hace una gran composición como Billy Kane, uno de los más despiadados pistoleros del spaghetti (incluso sus hombres lo temen y pretenden liquidarlo) que se caracteriza por desarmar a sus oponentes antes de matarlos a sangre fría, pero también con su propio código del honor (respeta el acuerdo con Shot) e, incluso, capaz de mostrar ciertos sentimientos respecto a quien fue su maestro. Un más que correcto Terry Jenkins (actor británico que tan sólo rodaría “La leyenda de la ciudad sin nombre”) como Ricky Shot, el inteligente y nuevo discípulo de Richard que también lo traicionará, aunque al final rectificará al darse cuenta de su error. Un competente Cris Huerta como el bandolero mejicano Vigonza, casi tan despiadado como Billy pero mucho menos hábil con el revólver, que, traicionado por éste, pretenderá acabar con él; es en la película en la que mejor le he visto aunque creo que ese personaje lo hubiera bordado Fernando Sancho. Y la colaboración de María Martín como Betty Starr, una madura prostituta.

Como único elemento negativo destacaría, para mi gusto, el personaje del pianista travestido que, creo, está fuera de contexto y no aporta absolutamente nada a la película.
En resumen un grandísimo spaghetti, de una gran riqueza visual (pienso que para apreciar su grandeza hace falta verla más de una vez), extraordinariamente dirigido (viendo esta película no sé si Dallamano fue un discípulo aventajado de Sergio Leone o, incluso, pudo influir en el maestro en su obra cumbre, “Hasta que llegó su hora”) y cuya visión creo que es imprescindible para cualquier amante de este subgénero en particular y del cine en general; por lo que sólo me queda recomendaros que la veáis y la paladeéis plano a plano y secuencia a secuencia.

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