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QUEDÓ UNO SOLO...LA MUERTE FUE PARA TODOS


Quedó uno solo, la muerte fue para todos
(Rimase uno solo e fu la morte per tutti!)
Año: 1971
País: Italia
Dirección: Edoardo Mulargia
Argumento: Alessandro Schirò
Guión: Edoardo Mulargia, Alessandro Schirò
Música: Felice Di Stefano, Gianfranco Di Stefano
Fotografía: Antonio Modica

Intérpretes: Tony Kendall, Jean Louis, Sophia Kammara, Dino Strano, Omero Gargano, Mimmo Maggio, Celso Faria, Fortunato Arena, Attilio Dottesio

Más que discreto spahetti-western que sólo gustará a los más fieles seguidores del género.
Un sheriff llamado Dakota es inculpado por atracar una diligencia y por cargos de asesinato. Será condenado a 15 años de cárcel. Sin embargo, el gobernador acabará por ponerlo en libertad y Dakota junto su hermano irá en busca de los culpables.

EL SPAGHETTI WESTERN

Una primera definición muy limitada es que el spaghetti western es cine del oeste de nacionalidad italiana (aunque en muchos casos eran coproducciones italo-españolas, y se rodaban en España). De ahí el spaghetti, nombre dado al género por los americanos, tan creativos ellos. Estas películas tuvieron su auge en los años 60, y desaparecieron a mediados de los 70. Hay innumerables películas dentro de este género, pero ve sobre aviso: muy pocas son buenas. Sin embargo, sí que hay algunas joyitas que han marcado para siempre la Historia del Cine. Y las mejores van inevitablemente ligadas al nombre de un tal Sergio Leone. Pero no vamos a centrarnos sólo en este hombre (eso me lo guardo para cuando pase un tiempo y hayáis olvidado este artículo. Así me puedo sacar otro de la manga). Aprovechando lo reciente del estreno de Django Desencadenado, vamos a hablar también de la obra del otro Sergio del que bebe Tarantino. Así pues, vamos a conocer el spaghetti western en seis películas (tantas como balas contiene un revólver) y dos Sergios: Leone y Corbucci. No te las voy a destripar. La idea de este artículo es que sea una invitación a que las veas: esto va de cine, y de cine se aprende viendo películas. Así que sólo puntualizaré algunos detalles importantes de cada título que te ayuden a contextualizarlas y disfrutarlas más.

Pero empecemos entrando en materia. Hemos quedado en que el spaghetti es simplemente western italiano. Pero la diferenciación va más allá. La mentalidad europea pasa su filtro por los demás del western clásico, que es uno de los géneros cinematográficos más antiguos (ya en 1903 Edwin S. Porter nos trajo Asalto y robo de un tren (The great train robbery), de unos trepidantes doce minutos de duración), y los transforma por completo. Así pues, lo primero que podemos decir es que el spaghetti es un cine esencialmente europeo, que critica y deconstruye lo establecido. El puritanismo y los valores morales del bien y el mal absolutos (muchas veces representados de forma burda: vaqueros contra indios, nordistas contra sudistas) desaparecen por completo en un ambiente de cinismo y ambivalencia moral muchas veces cargado de una fuerte ideología política que en la Tierra de la Libertad acabaría ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Los grandes héroes virtuosos se convierten en antihéroes capaces de lo peor, los grandes paisajes que hinchan el corazón de orgullo patrio se convierten en pueblos fantasma que dan la bienvenida al forastero con una soga a la entrada de la calle principal llena de fango, y los argumentos que cuentan epopeyas de fundación nacional se convierten en venganzas, robos, y búsqueda del Santo Grial de la modernidad, el dólar, escondido en una tumba sin nombre, todo mezclado en un ambiente legendario: el paisaje del Oeste americano deja de serlo, los lugares y los acontecimientos históricos pierden su significado y se les da otro nuevo, reconvertidos en un lugar y un tiempo míticos, un in illo tempore donde todo vale. La esencia del spaghetti se encierra en el título original de una obra maestra de 1968 del ya mencionado Leone, y que aquí fue distribuida con el imaginativo nombre de Hasta que llegó su hora (título tan fantasioso o más que el que le dieron los alemanes: Spiel mir das Lied vom Tod o Toca para mí la canción de la muerte): C’era una volta il West, es decir, érase una vez el Oeste, perteneciente ahora a la misma esfera que los reinos de los cuentos de hadas, sólo que el caballero andante lleva un revólver y no salva a la princesa porque hay una recompensa más grande por la muerte de un forajido.

Pese a que ya se habían hecho westerns en Italia con anterioridad, el género en sí nace con Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964) de Sergio Leone que, curiosamente, es un remake no autorizado (lo que si la película resultante es un fracaso se conoce como “plagio”) de Yojimbo (1961) de Akira Kurosawa (aunque de esto hablaremos en otro momento…). Vamos a profundizar un poco en esta película por su relevancia. Ésta, mi primera recomendación, se hizo en un momento en el que el western estaba en declive. Tanto Hollywood como el público había perdido interés en el género, y pese a que se continuaban produciendo películas, éstas eran prácticamente calcos unas de otras, y todas igualmente simplonas. Indios malos, vaqueros buenos, bang bang, pelea en el saloon, malo atravesando la ventana, final feliz. Por esa razón, la productora le dio a Leone un presupuesto irrisorio, que de ninguna manera cubriría las exigencias del director, como por ejemplo contratar a Henry Fonda para el papel protagonista. Y por eso tuvo que conformarse con un actor prácticamente desconocido, un tal Clint Eastwood. Qué tragedia. Esta película, junto con las otras dos colaboraciones con el romano interpretando al llamado comúnmente “El hombre sin nombre”, lanzó su carrera, y bueno, qué te voy a contar del bueno de Clint. El carisma infinito del protagonista, el guión innovador, la dirección impecable, y la banda sonora de Ennio Morricone, uno de los más grandes compositores de cine y otra figura que va a marcar el género.

La película empieza con una declaración de intenciones, que deja bien clarito de que todo lo que se había hecho antes ha dejado de valer. Un misterioso extranjero llega a un pueblo de lo que podría ser la frontera mexicana (si es que tiene sentido intentar colocar sobre un mapa las localizaciones de estas películas) y cruza la mirada con una mujer asomada a su ventana. Una escena arquetípica del género: el héroe y la mujer intercambian miradas, él de tipo duro, ella de embelesamiento, y ya sabemos que al final acabarán juntos. Sin embargo, apenas el Hombre sin Nombre le devuelve la mirada a la joven, ésta cierra la ventana de golpe y con desprecio. El extranjero sigue su camino y pasa junto a una soga solitaria, cuyo balanceo es acompañado por el tañido de una campana: la iglesia de este pueblo es la muerte. Cinco minutos de película, contando los créditos iniciales. Bienvenidos al spaghetti. Estilísticamente, encontramos ya la maestría en el uso del ritmo lento típico del autor, y sus primerísimos planos tan característicos (Tarantino llega a decir a los cámaras “give me a Leone” cuando quiere tomar un plano tan cercano).

Durante la otra hora y media, asistimos a una guerra interna entre dos clanes, los Baxter y los Rojo, cuyas trifulcas han convertido al pueblo en poco más que un cementerio, un “pueblo de viudas”, donde sólo el sepulturero se gana la vida. Si habéis visto Yojimbo, todo esto os sonará. Una historia que nos remite a los mitos clásicos, con el personaje de Eastwood encarnando a la figura medicinal que viene de un lugar desconocido, hace su trabajo, y se va. ¿Por qué hace su trabajo? ¿Por heroísmo altruista? En sus propias palabras: “Los Baxter a un lado, los Rojo al otro, y yo justo en medio. El de la campana tenía razón: se puede ganar dinero en un sitio así”. ¿Y cómo lo hará? Sirviendo a ambos bandos para que se maten entre sí. Adiós, John Wayne.

Este film, realizada con recursos limitados y distribuida bajo seudónimos (Leone la firmó como Bob Robertson) para que el público creyera que se trataba de una producción americana, tuvo un éxito tan grande a nivel internacional, que fue el detonante del auténtico boom del género. Las productoras italianas empezaron a sacar spaghetti sin parar, muchas veces copiándose unas a otras, cuidando muy poco la calidad del producto final: el objetivo era llevar al máximo de gente posible a las salas. Docenas de películas copiaban incluso el título de ésta primera: incluyendo la palabra “dólar” en el título, éxito asegurado. Y de aquí el género del que estamos hablando. Como he dicho al principio, hay pocos títulos pasables entre esta marabunta. Los temas y la profundidad de Leone desaparecen en la mayoría de los casos, y las películas, que copian sólo lo más superficial, se convierten en un entretenimiento formulaico. Con respecto a esto dijo una vez Leone: “[…] Por eso me disgusta que todo el mundo me señale como el padre del spaghetti western. Porque soy el padre, sí, pero de un montón de hijos de puta.”

Continuemos con nuestro repaso. Me salto la siguiente entrega de la llamada Trilogía del Dólar, La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965, otra traducción imaginativa de un título), pese a que me encantaría detenerme en ella, para pasar a la tercera, esa joya titulada El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), cuyo título probablemente te suene. El personaje de Eastwood comparte protagonismo con el malo, Sentencia, interpretado por Lee van Cleef, una de las viejas glorias del western americano, y con el maestro de ceremonias de la película, Tuco, el feo, interpretado por el gran Eli Wallach.

Aquí Leone está completamente en su elemento. El éxito de sus anteriores películas le asegura un presupuesto en condiciones y su estilo está completamente depurado. Con una dosis de humor superior a las anteriores, la película es casi una picaresca, y es precisamente este humor la que hace que sea la más cínica de todas. En medio de la Guerra Civil, tres hombres sin escrúpulos se debaten en una carrera para hacerse con un montón de oro escondido.

Estos hombres son Rubio, el bueno, un cazarrecompensas que hace tratos con los forajidos que atrapa para entregarlos a la justicia, cobrar la recompensa y después liberarlos para hacerlo de nuevo; Tuco, el feo, un fuera de la ley condenado a muerte en catorce condados por “homicidio, robo a mano armada, en perjuicio de particulares, bancos y servicios postales del Estado, robos sacrílegos, incendio doloso de una cárcel del Estado, perjurio, bigamia, abandono del hogar conyugal e incitamiento a la prostitución, chantaje, encubridor de robos, tráfico de moneda falsa, uso de dados cargados y barajas marcadas, agresión y lesiones contra particulares…”, y sin duda el mejor personaje de la película y el más ambiguo, que pese a ser capaz de una crueldad sin fin, se santigua al ver una tumba o una imagen religiosa, y Sentencia, el malo, un mercenario capaz de lo peor para llevar a cabo cualquier trabajo por el que le paguen.

Los tres se odian entre sí, pero se necesitan para conseguirlo, pues sólo uno de ellos sabe dónde se esconde, lo que lleva a una extraña camaradería entre el bueno y el feo que nos ofrece momentos maravillosos (“dormiré tranquilo porque sé que mi peor enemigo vela por mí”). En esta película la vida carece por completo de valor y de moral: lo único que mueve a los personajes es ese montón de dólares.

Leone pretendía con esta trilogía, y especialmente con esta película, hacer una feroz crítica al capitalismo norteamericano, mostrando que el dinero está por encima de cualquier otra cosa. Otra bofetada a los Estados Unidos es la manera en la que se retrata la Guerra Civil: los dos bandos se diferencian única y exclusivamente en el color de los uniformes, ninguno de los dos parece apoyarse en ninguna causa noble, y los soldados son simplemente gente matando a otra gente que viste diferente.

Y ni la diferencia de color es suficiente, pues el polvo de una travesía en el desierto basta para que el uniforme azul del ejército nordista se cubra del color gris del uniforme sudista. Los campos de prisioneros de la Unión parecen campos de concentración de la Alemania nazi, y en ellos se manda a la orquesta que toquen muy fuerte para ahogar los ruidos del interrogatorio a base de golpes que se lleva a cabo en la caseta del general (“-¿Y no va a sonar la música para mí? –¿Hablarás? –Probablemente no.”). La película nos ofrece escenas que han pasado a la Historia del Cine, debido al magistral uso dramático de la música de Morricone y las imágenes, por sus duelos infinitos que consisten en minutos y minutos de personajes mirándose en silencio, dejando que sea la música y los ojos de los actores los que hablen… una maravilla.

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