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DOS MULAS Y UNA MUJER


Título original
Two Mules for Sister Sara
Año 1970
Duración 105 min.
País Estados Unidos
Director Don Siegel
Guión Albert Maltz (Argumento: Budd Boetticher)
Música Ennio Morricone
Fotografía Gabriel Figueroa
Productora Universal Pictures

Reparto
Clint Eastwood, Shirley MacLaine, Manolo Fábregas, Alberton Morin, Armando Silvestre

Sinopsis

En México ha estallado la guerra entre los seguidores de Juárez y las tropas francesas del emperador Maximiliano de Austria. Hogan (Clint Eastwood), un duro mercenario, salva a una monja (Shirley MacLaine) del ataque de unos malhechores. Juntos emprenden un accidentado viaje en el que, a pesar de sus diferencias, quedará de manifiesto que tienen mucho en común.

‘Dos mulas y una mujer’ (el título que recibió en nuestro país ‘Two Mules for Sister Sara’) es la segunda colaboración de Clint Eastwood y Don Siegel, y sin duda alguna, la peor de todas. En un principio se trataba de un proyecto hecho a la medida de Eastwood y Elizabeth Taylor, y que había surgido durante el rodaje de ‘El desafío de las águilas’. Una producción Malpaso, a la que se asoció Universal para la distribución del film, llegando a firmar un contrato con el actor para tres películas más, que se filmaría en México, y sería un intento de reunir en una sola película el western clásico americano y el spaghetti western, muy de moda por aquellos años (estamos en 1969), relacionando la película con los films que Eastwood hizo a las órdenes de Sergio Leone en España.

Elizabeth Taylor empezó a dar problemas, queriendo filmar en nuestro país para estar más cerca de su amado Richard Burton, y la más que famosa inestabilidad emocional de la que hacía gala llevó al traste el proyecto, siendo sustituida a última hora por Shirley MacLaine, teniendo que escribir casi por entero el personaje femenino. La protagonista de películas como ‘El apartamento’ o ‘La calumnia’ no era tan famosa como Taylor, pero su registro interpretativo era muy superior, con lo que todos salieron ganando con el cambio.

El argumento de ‘Dos mulas y una mujer’ narra la historia de una mujer que es salvada de ser violada por el héroe (más bien habría que decir antihéroe, algo que siempre le encanto interpretar a Eastwood a lo largo y ancho de su carrera) del film: Hogan, un pistolero, experto en explosivos que llega en el momento adecuado. Tras descubrir que es una monja, Hogan se ve en la necesidad moral de ayudarla. Sara, simpatizante de los juaristas en la lucha contra la invasión francesa de México, se las ingeniará para que Hogan la ayude en su lucha, a pesar de que a éste sólo le mueven intereses económicos.

‘Dos mulas y una mujer’ es una película fallida en muchos aspectos. Para empezar su mezcla del western clásico y europeo, no termina de funcionar, quedando un híbrido de lo más chirriante. El guión parte de una historia de Budd Boetticher, ese genio olvidado por muchos y al que Eastwood profesa gran admiración, y de cuya escritura se encargó Albert Maltz, guionista, entre otras, de maravillas como ‘Destino Tokyo’ o ‘Clandestino y caballero’, y que repetiría en la siguiente colaboración del tándem Easwtood /Siegel, ‘El seductor’, aunque ahí firmaría con seudónimo. La historia no es demasiado inspirada, teniendo una descripción plana de personajes, y también de situaciones (salvo casos aislados) en las cuales no termina de cuajar cierto sentido del humor, insertado por las intenciones paródicas del film.

Clint Eastwood vuelve a quedar en un segundo plano con respecto a su compañera de reparto, una atractiva Shirley MacLaine que se convierte en la reina absoluta de la función sobre todo porque su personaje es mucho más rico que el de Eastwood. Entre ambos, y a pesar de que la química no es todo lo perfecta que cabría esperar, se intuye una tensión sexual latente, que estará presente a lo largo de todo el relato, y que tendrá su explosión final cuando Hogan descubre que Sara en realidad es una prostituta, y que le ha estado engañando todo el tiempo (memorable la frase de diálogo ante la réplica de Hogan de que están en un burdel: “No es un burdel, es la mejor casa de putas de todo el pueblo”). Al respecto, cabe citar la que es probablemente la secuencia más famosa de toda la película, aquella en la que Sara le saca una flecha india a Hogan del hombro, mientras éste se emborracha para no sentir nada.

Al igual que en los films de Leone, sobre los que la película de Siegel planea todo el rato, la inmoralidad de sus personajes es una de las constantes de la historia. Pero resulta curioso comprobar que en ‘Dos mulas y una mujer’ el personaje amoral es el de ella y no el de él. Eastwood da vida a un desinteresado vive la vida, que sólo busca ganar dinero para gastárselo en juego y bebida; usa explosivos en vez de un revólver, y cuando ha de utilizar éste, la mayor parte de las veces dispara por la espalda.

Y hasta aquí hemos llegado; su supuesta inmoralidad se queda reducida a nada cuando se trata de respetar una sotana, dejando todo de lado por ayudar a una monja. Sin embargo, Sara, que en principio creemos una monja, se vale de su condición religiosa para aprovecharse de las situaciones, y al final, se riza el rizo, descubriéndonos a una prostituta que no duda en hacerse pasar por monja para su propio provecho y el de la causa. MacLaine utiliza muy bien su físico, logrando ser sensual en el momento adecuado, aún llevando ropas de monja. Eastwood se muestra mucho más divertido que en ocasiones anteriores, riéndose de sí mismo, aunque su personaje parezca una copia sin entidad alguna, de sus trabajos con Leone (hasta en la parte final del film lleva un poncho), añadiendo únicamente un tono paródico, que vuelvo a señalar, hace demasiado daño a un film que debió ser mucho más desmelenado y no depender tanto de la influencia europea.

Para más subrayados, Ennio Morricone compone la banda sonora, hermana bastarda de los films de Leone, y en la que también va impreso cierto tono de broma acorde con la historia, como si las notas nos narrasen, a modo de sinfonía burlona, los vericuetos por los que atraviesan los protagonistas. Pero Don Siegel se muestra incapaz esta vez de sacar algo de provecho del material que tiene entre las manos, mostrando una gran inseguridad y torpeza en la narración (esos zooms de acercamiento sin ningún sentido dramático), por no hablar de la ausencia total de estilo en un film que en apariencia es un western, pero cuyo engranaje entra de lleno en la comedia, con la consabida guerra de sexos incluida (las razones por las que Hogan no tiene una mujer a su lado provocarían el enfado de cualquier feminista de tres al cuarto). Las escenas de acción no son nada del otro mundo (algo muy raro en Siegel), y en la parte final se nota la falta de un malvado con más presencia, alguien que realmente haga peligrar el por otro lado demasiado fácil, plan de nuestros héroes.

‘Dos mulas y una mujer’ termina con una escena realmente inspirada: Tras conseguir todos lo que querían, Hogan y Sara se acuestan para terminar así con tanta tensión sexual. Tras ello, Sara, con una ropa muy diferente a la de una monja, acompaña a Hogan en su camino; éste con cara de enfado le recrimina para que vaya más rápido. Una vez consumado el acto sexual, ya no queda nada en la relación por lo que interesarse. Al igual que con el dinero, Hogan demuestra moverse únicamente por instintos básicos. Cuenta la leyenda que el título del film hace referencia a dos mulas, una es sobre la que va montada MacLaine, y la otra es el personaje de Clint Eastwood, quien no se enteró hasta el final del rodaje del chiste.

Clint Eastwood siempre ha declarado que se metió en el mundo del cine por casualidad. Casado con Maggie Johnson, de la que se separó en 1979 y que trabajaba como modelo, se dedicaba entre otras cosas a ser monitor de natación (su forma física era espléndida), e incluso limpiaba piscinas, muchas de ellas de famosos del mundo del celuloide. En una ocasión, esperando cobrar una factura por uno de sus trabajos, le vio Arthur Lubin, un correcto artesano de la época (dirigió, entre otras, una de las versiones de ‘El fantasma de la ópera’), que le confundió con un actor, y le contrató para unos pequeños papeles secundarios. Eastwood se dejó arrastrar, por así decirlo. Lo cierto del asunto es que tenía el aspecto físico que muchos de los productores de aquellos años buscaban, guapo, alto (1´93 nada menos) y con un cuerpo prácticamente perfecto. Entraba de lleno en el perfil de muchos de los actores que por aquel entonces empezaban a despuntar.

El problema es que en el cine no consiguió demasiados papeles relevantes, por no decir ninguno. Sus primeras interpretaciones no eran ni siquiera eso, y su nombre no apareció en los títulos de crédito hasta que hizo ‘The First Travelling Saleslady’, de Lubin, un vehículo para el lucimiento de Ginger Rogers, en la que daba vida al apuesto pretendiente de la mejor amiga de la protagonista. Estamos en 1956, y Eastwood tiene 26 años. Hasta ese momento, ha trabajado con Jack Arnold en ‘Revenge of the Creature’, quien a pesar de haber tenido ciertas discrepancias con el actor, le volvió a contratar para ‘Tarántula’; con Lubin en varios films, luego lo haría con su admirado William A. Wellman (en su momento nos pararemos para hablar de la enorme influencia de este realizador en el cine de Eastwood director) en el fracaso ‘La escuadrilla Lafayatte’, que era un especie de remake de su inmejorable ‘Alas’, y cuyo descalabro hizo que Wellman no volviese a dirigir.

Su última película antes de que le llagase una oportunidad que la cambiaría la vida, fue ‘Ambush at Cimarron Pass’, un western que él considera el peor film en el que ha intervenido. Después de esto, y un poco desanimado, consiguió por parte de su agente una prueba para una serie que estaba preparando la CBS, quien quería repetir el éxito que estaba teniendo con ‘Gunsmoke’ (el serial en clave de western más largo de la historia de la televisión norteamericana). Charles Martin Warren, que había sido el creador de la mencionada serie le hizo la prueba, y nada más verlo, le aceptó, pues buscaba a alguien joven que compartiese cartel con el personaje al que daba vida Eric Fleming, cinco años mayor que Eastwood. La serie en cuestión se titulaba ‘Rawhide’, en España ‘Látigo’, y su éxito fue impresionante. El tema central de la misma fue rescatado por Los Blues Brothers, que lo interpretaron, cómo no, en el estupendo film de John Landis.

A lo largo de 217 episodios se narraba la conducción de ganado desde Texas hasta Kansas, conducido éste por los dos personajes de Eastwood y Fleming. Siempre con un montón de adversidades que tiene que atravesar, muchas de ellas protagonizadas por la Naturaleza, que se convierte en una protagonista más de la historia, ‘Rawhide’ fue vendida a más de 30 países, en algunos de los cuales obtuvo un éxito sin precedentes (por ejemplo, en Japón). Eastwood conseguía el reconocimiento popular gracias a su rol de Rowdy Yates en la serie. Un año antes de finalizar la misma, a su compañero de reparto le ofrecen interpretar un western en España, éste lo rechaza, pero Eastwood lo acepta, aún pensando que su historia se parece demasiado a la de cierto film japonés de cierto famoso director. Su titulo en principio era ‘Il magnifico straniero’, pero pronto se lo cambiarían por el de ‘Per un pugno di dollari’, o lo que es lo mismo, ‘Por un puñado de dólares’.

Estaba a punto de comenzar una leyenda.

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